domingo, 24 de mayo de 2009

La enseñanza de la bioética


Me encontraba reflexionando acerca de la importancia de la enseñanza de la bioética para la formación integral de los futuros médicos, cuando encontré un artículo de Couceiro – Vidal, publicado en la revista Educación Médica en junio de 2008, en que se hacen interesantes reflexiones acerca del abordaje pedagógico de esta importante área de la formación profesional, del cual transcribo algunos apartados, por considerarlos de interés general:


“A partir de los años setenta, los expertos en educación médica comienzan a recomendar un nuevo enfoque del aprendizaje, un marco que permita al alumno adquirir no sólo contenidos teóricos, sino también una capacidad reflexiva y evaluativa de las situaciones que tendrá que resolver en el ámbito de su profesión. Este complejo aprendizaje requiere la inmersión en contextos concretos. Hay que organizarlo de manera que se produzca en las situaciones de trabajo lo más reales posibles, lo que se logra mucho mejor en el marco de un currículo basado en competencias, y utilizando preferentemente la metodología educativa del aprendizaje basado en problemas.

Si bien es cierto que no se han demostrado diferencias significativas entre el modelo basado en competencias y el tradicional, también lo es que el aprendizaje basado en problemas presenta claras ventajas cuando se miden competencias transversales, a las que tradicionalmente no se les ha prestado atención, y que son fundamentales para desarrollar cualquier profesión.

Se entiende por competencias el conjunto de conocimientos (conocer y comprender), habilidades (saber cómo actuar) y actitudes humanas que permiten una excelente práctica médica, adecuada al contexto social en el que se desarrolla. La competencia determina el grado de capacidad operativa del individuo en un entorno determinado y presupone una base cognitiva que incluye conocimientos, habilidades y actitudes.

Las competencias se pueden definir de modo amplio (comunicación efectiva) o concreto (manejo del paciente diabético no complicado), si bien estas últimas son más fáciles de evaluar. Pero lo importante a la hora de definir una competencia es que cumpla las siguientes características: relevancia en el entorno profesional, transferibilidad al estudiante y posibilidad de ser evaluada objetivamente.

Conocimientos, habilidades y actitudes son, pues, los tres componentes claves de todo proceso de aprendizaje, la enseñanza de la bioética a los estudiantes de medicina no puede ser ajena ni al paradigma educativo de las competencias, ni al desarrollo de sus elementos.

Ahora bien, existe un conjunto amplísimo de conocimientos en bioética que constituyen el cuerpo de la disciplina, los cuales se pueden enseñar mediante las clases teóricas. Dichos conocimientos no son mera especulación sin relevancia práctica, sino que constituyen el andamiaje básico que hace posible la adquisición de habilidades, para que el alumno logre las competencias para actuar sobre los conflictos éticos que surgen en la vida diaria de las profesiones sanitarias, y también para analizarlos críticamente y tomar decisiones que sean éticamente consistentes.

Es claro que la adquisición de competencias constituye el objetivo inmediato de todo proceso formativo en esta materia, pero mal se pueden desarrollar las habilidades que le son inherentes si no existe un mínimo de conocimientos. Ahora bien, tampoco sirve de mucho que un alumno conozca la teoría de la bioética si no sabe cómo aplicarla críticamente para analizar un caso clínico. Vale decir que los dos niveles son complementarios, pero también que presentan sus diferencias, pues no es lo mismo saber, en teoría, cuáles son los elementos del consentimiento informado, que tener la destreza práctica para llevar a cabo este proceso con cada paciente. Hay, pues, un objetivo de conocimientos y otro de adquisición de habilidades, que deben plantearse conjuntamente en la formación del alumno.

Cabe preguntarse también si la bioética puede o debe inducir un cambio de actitudes. La mayor parte de los autores ha contestado a esta cuestión negativamente, y no sólo debido al peligro de intentar "adoctrinar" o manipular a las personas, sino también porque las actitudes fundamentales, o el carácter moral de los estudiantes de medicina, ya está formado cuando entra en la universidad. Así lo destaca, entre otros, un trabajo ya clásico sobre la enseñanza de la bioética, firmado por nueve de los más representativos bioeticistas estadounidenses.

Durante el período de formación en medicina, los programas de enseñanza de la bioética tienen que enseñar conocimientos y desarrollar habilidades, pero no directamente actitudes. La realidad, a diferencia de la tesis mantenida por los autores estadounidenses, es que un proceso formativo en bioética también transforma las actitudes y el carácter moral de las personas.

Ahora bien, esa modificación es secundaria al propio proceso de aprendizaje de conocimientos y habilidades, y no directamente inducida. El solo hecho de ser capaz de identificar los conflictos éticos de la práctica clínica, y de poder dar respuestas racionales y prudentes, conduce a que el alumno interiorice un procedimiento, una forma de actuación y una sensibilización ante los valores implicados en la relación clínica.

A modo de ejemplo, si el alumno conoce la teoría del consentimiento informado -origen, fundamento y elementos- y se ha formado en la habilidad comunicativa de la entrevista clínica y la transmisión correcta de la información, interiorizará una actitud de receptividad ante este proceso. Sólo de esta manera, capacitado para responder a este derecho del paciente, superará la "burocratización" del proceso, que lo reduce a la firma de un documento, muchas veces con un contenido que nadie le ha explicado al paciente, y que por ello carece de validez, tanto ética como jurídica. Se obtiene así un cambio, ya que la adquisición progresiva de competencias conduce a una mayor responsabilidad. Y es que todo programa docente en bioética acaba girando en torno al concepto de profesional responsable y capacitado.

Una docencia con esta orientación es el mejor antídoto frente a dos extremos. Uno, el de adoctrinar, manipular o imponer; el otro, el de reducir esta formación a una mera información. Educar las actitudes mediante los conocimientos y las habilidades no sólo es posible, sino que constituye la manera más correcta de orientar el aprendizaje de la bioética en personas adulta.

También es la forma de no descuidar el llamado "currículo informal", que se refiere al proceso de transformación individual que tiene lugar como consecuencia de las situaciones e interacciones humanas no estrictamente académicas, y que es el que parece tener un mayor poder condicionador de las conductas.

Es notorio que los alumnos pueden sufrir una importante transformación negativa a su paso por la carrera de medicina. La experiencia humana y docente puede no sólo potenciar, sino inhibir el desarrollo moral de los estudiantes. La razón es que perciben una clara distancia entre lo que se les comunica verbalmente como los "valores adecuados" y los ejemplos profesionales que observan en el campo clínico. Las actitudes, conductas y comentarios que perciben les revelan los valores de fondo que, en realidad, aplican los profesionales en ejercicio. La creación de hábitos reflexivos y la adquisición de competencias en bioética debería ser la forma mediante la cual las instituciones docentes estimulen un desarrollo moral positivo.”

Artículo completo:


COUCEIRO-VIDAL, A. Enseñanza de la bioética y planes de estudios basados en competencias. Educ. méd. [online]. 2008, vol. 11, no. 2 [citado 2009-05-25], pp. 69-76. Disponible en internet: . ISSN 1575-1813.

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