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viernes, 25 de marzo de 2011

¿Cuáles son los instrumentos más adecuados para medir el ambiente educativo en el contexto de las profesiones de atención de la salud?



Se ha demostrado que uno de los determinantes del comportamiento de los estudiantes de medicina es el ambiente de aprendizaje en la facultad. Por tal motivo, sería deseable contar con instrumentos confiables para evaluar ese ambiente.

Un estudio publicado en la Revista Medical Tecaher, llevó a cabo la evaluación de los instrumentos utilizados para medir el ambiente educacional en el contexto de la educación médica, evaluar su validez y establecer la Confiabilidad de los resultados.

Referencia

Soemantri D, Herrera C, Riquelme A. Measuring the educational environment in health professions studies: a systematic review Medical Teacher 2010; 32(12):947-52.

Turnos de guardia y rendimiento profesional en medicina



Las nuevas directivas del Accreditation Council for Graduate Medical Education de los Estados Unidos establecieron un límite de 16 horas para los turnos de guardia de los médicos internos (residentes de primer año) y de 6 noches consecutivas para sus guardias nocturnas (night float).

Además, se recomendó la toma de tiempo de sueño protegido (“siestas”) para mejorar la productividad de los mismos. En la Revista Annals of Internal Medicine, se publicó recientemente una revisión sistemática de la literatura sobre la duración de los turnos de guardia, el tiempo de sueño protegido y las guardias nocturnas.

Referencia

Systematic review: association of shift length, protected sleep time, and night float with patient care, residents' health, and education

Reed DA, Fletcher KE, Arora VM. Annals of Internal Medicine 2010; 153(12): 829-42.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Simulation training improves ability to manage medical emergencies



In the case of an emergency, fast and structured patient management is crucial for a patient's outcome. Every physician and graduate medical student should possess basic knowledge of emergency care and the skills to manage common emergencies. This study determines the effect of a simulation-based curriculum in emergency medicine on students' abilities to manage emergency situations.

Methods: A controlled, blinded educational trial of 44 final-year medical students was carried out at Frankfurt Medical School; 22 students completed the former curriculum as the control group and 22 the new curriculum as the intervention group. The intervention consists of simulation-based training with theoretical and simulation-based training sessions in realistic encounters based on the Basic Life Support (BLS), Advanced Cardiac Life Support (ACLS) and adapted Advanced Trauma Life Support (ATLS) training.

Further common emergencies were integrated corresponding to the course objectives. All students faced a performance-based assessment in a 10 station Objective Structured Clinical Examination (OSCE) using checklist rating within a maximum of 4 months after completion of the intervention.

Results: The intervention group performed significantly better at all of the 10 OSCE stations in the checklist rating (p<0.0001 to p=0.016).

Conclusions: The simulation-based intervention offers a positively evaluated possibility to enhance students' skills in recognising and handling emergencies. Additional studies are required to measure the long-term retention of the acquired skills, as well as the effect of training in healthcare professionals.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El Decano del Siglo XXI


Nos encontramos inmersos en la era de la globalización, fenómeno de orden social, económico y cultural, que determina nuevas formas de vivir, conocer, aprender, trabajar y establecer relaciones con otros.

La universidad no ha sido ajena a este proceso, teniendo que llevar a cabo grandes transformaciones para adaptarse a los vertiginosos avances científicos y tecnológicos, a la difusión de la información en tiempo real, a la mundialización del conocimiento y a un cambio de paradigma en que predomina la relativización de los principios y valores de la sociedad.

No obstante el esfuerzo de las instituciones universitarias por superar las crisis que afrontan como consecuencia de la pérdida de su rol de “regentes – universales – del conocimiento, el saber, la técnica y las artes”, no se ha planteado una revisión seria de su función en medio de la postmodernidad, ni de los “nuevos espacios intelectuales, científicos, técnicos, estéticos y políticos”, que han de generar en el futuro inmediato.

Desde esa perspectiva, Vásquez Gómez, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, plantea que “… la universidad, como institución, como comunidad y como organización formativa y de aprendizaje, precisa de unos nuevos marcos que le permitan autoorganizarse para responder a las necesidades y a los cambios en las diferentes esferas políticas, sociales, económicas, laborales y tecnológicas”.

Así las cosas, en medio de un entorno en constante cambio y de las dificultades existentes para alcanzar el consenso en torno al tipo de universidad que requiere el mundo actual, el rol del decano, considerado hasta hace algunos años más como una figura representativa de la comunidad académica a la que pertenece que como un adalid futurista de la educación, también adquiere una connotación diferente, enmarcada la situación económica que atraviesa el sector, por la competencia global en torno al mercado y por la necesidad de recuperar el protagonismo social y cultural de las instituciones de educación superior frente a los nuevos actores que lo ponen en entredicho.

Corresponde entonces al decano del siglo XXI, asumir un liderazgo capaz de integrar lo académico, lo administrativo y lo financiero. Desde el primer punto de vista, deberá afrontar los fenómenos sociales y culturales vigentes y emergentes, incluyendo los problemas medio ambientales, la crisis política y del estado de bienestar, el manejo adecuado de la información, el desempleo, la crisis de los valores sociales, los problemas éticos de la aplicación de los nuevos conocimientos y tecnologías y el envejecimiento progresivo de la población mundial, entre otros.

lunes, 22 de marzo de 2010

Conflictos en Educaciòn Mèdica: Las relaciones entre educadores y educandos



Explorando acerca del tema, encontré un interesante artículo de Mistry y Latoo (2009), que considero vale la pena conocer y analizar:

"La relación entre el educador y el alumno es un terreno de preocupación para los jóvenes médicos. El desequilibrio de poderes, la comunicación pobre y las diferencias de personalidades son elementos que generan conflictos entre el educador y el alumno. Este artículo se realizó desde la perspectiva del alumno, analiza todos estos elementos y sugiere recomendaciones para solucionarlos.

Lograr una armonía con las personas que convivimos es una parte fundamental de nuestras vidas y un desafío cotidiano. Este terreno fue explorado por Garelick y Fagin quienes establecieron las siguientes pautas para una adecuada convivencia:

• Claridad en las tareas y objetivos de la organización
• Los logros y objetivos deben ser comunes
• Oportunidad para participar y contribuir
• Capacidad para confiar y comprometerse
• Capacidad para dejar de lado diferencias que no son esenciales
• Respeto por los puntos de vista alternativos
• Protección a los miembros más débiles del equipo
• Capacidad de liderazgo
• Equilibrio entre las aspiraciones individuales y las necesidades de la corporación
• Compartir experiencias similares de vida o de información cultural.

Relaciones laborales disfuncionales

Los conflictos interpersonales son un proceso dinámico entre las partes en la medida que surgen reacciones emocionales negativas debidas a desacuerdos o interferencias con los objetivos. Estos conflictos pueden llegar a ser lo suficientemente importantes como para producir trastornos psiquiátricos como depresión fatiga y estrés psicológico.

Uno de los temas centrales en los conflictos laborales es el comportamiento irracional de una de las partes o ambas. Con el propósito de evitar conflictos una de las partes oculta su insatisfacción porque la otra parte tiene más poder o para no dar la imagen de conflictivo. Esta situación va sumando cargas emocionales que puede conducir a una relación disfuncional que impacta negativamente en la organización y en sus participantes."

Ver artìculo completo en:


viernes, 20 de marzo de 2009

¿Cómo será la educación médica del futuro? Segunda Parte


Precisamente, una de las características que mejor define la situación de la universidad actual es su acelerada incorporación a la lógica empresarial y comercial que hoy domina todas las esferas del quehacer humano. Se está instalando con fuerza avasalladora la concepción que sostiene que, para justificar su existencia, resulta imprescindible que la universidad – y la educación en general – exhiba resultados mensurables y comercializables.

Cuánto entra, cuanto sale, a qué costo, qué más se puede vender. De allí que se apliquen a la institución y a sus “productos”, los mismos criterios con los que se juzga la productividad y la eficiencia de las empresas que comercializan bienes, en este caso la educación, transformada en uno más entre los bienes transables. No solo se industrializa la salud, también lo hace aceleradamente la educación.

Esto lleva a emprender evaluaciones de todo tipo para justificar la existencia de la universidad ante sus “clientes”. Para demostrar la eficacia institucional se establecen complejas relaciones entre la inversión y los supuestos “productos”. Esta lógica empresarial ha conquistado de manera acelerada un territorio que, hasta no hace mucho, respondía a valores culturales y académicos y no a los puramente materiales y comerciales.

Parecería no advertirse que resulta imposible aplicar la lógica de las empresas a un “producto” tan difícil de definir como “un estudiante educado” o un conocimiento significativo. No es tarea sencilla distinguir entre la educación y su certificación, entre pensar y procesar la información, entre producir conocimiento y simplemente consumirlo.

Es con preocupación que debe advertirse el advenimiento a la esfera de lo público de un grupo de administradores, por lo general jóvenes y bien entrenados, que reciben por la tarea de gestión y control, salarios que superan en varios órdenes de magnitud a los de los propios gestionados. Esta floreciente burocracia, definidora de la calidad y predicadora de lo obvio, alienta las evaluaciones y los controles que, sobre todo, sirven para su perpetuación.

Demuestra, además, una falta de percepción de la realidad que puede tener trágicas consecuencias para nuestros países, porque no pocas veces se imponen criterios, generados en contextos muy diferentes. La calidad de una universidad o la de una escuela de medicina no es equivalente a la de una empresa. Se trata, sobre todo, de emprendimientos culturales y deberíamos resistirnos a que se nos quiera convencer de que están guiados por las mismas reglas de las empresas o los comercios.

El público, tan afecto a los rankings, rápidamente adhiere a mediciones de este tipo. El peligro es que también lo está haciendo la propia comunidad académica sin siquiera someterlas a la crítica de la comunidad académica.

Conclusión

Son numerosas las graves amenazas que se ciernen sobre nuestras universidades y escuelas de medicina que no resulta posible ni siquiera enumerar por la escasez de tiempo. Como lo señala el académico estadounidense Bill Readings en su libro “La universidad en ruinas”, “las universidades se están transformando en corporaciones transnacionales en las que la idea de la cultura está siendo reemplazada por el discurso de la ‘excelencia’.

Si bien, a primera vista, esta mutación no parece peligrosa, deberíamos ser cautos en adherir rápidamente a este enfoque tecnoburocrático. Esta nueva ‘Universidad de la Excelencia’ es, en realidad, una corporación movida por las fuerzas del mercado y, como tal, está más interesada en los márgenes de beneficio que en el pensamiento.”

La universidad se está convirtiendo en un servicio más en la era de los servicios y se aleja velozmente de aquella ideal comunidad de estudiosos reunidos en busca de la verdad. Una más entre las empresas, la universidad actual persigue como principal objetivo la satisfacción de sus “clientes”, alumnos y potenciales proveedores de fondos.

Solo he pretendido dejar la sensación de que muchas de estas amenazas a nuestra misión, como universitarios y, sobre todo, como médicos, ingresan vestidas con el atractivo ropaje de la apelación a la “modernidad” y al cambio. Lógicamente hay mucho por hacer en nuestras facultades, pero es preciso que, como individuos pensantes y críticos – aún a pesar de aquella, nuestra inútil formación tradicional – consideremos al menos las implicancias que para la universidad del futuro tendrá el sentido hacia donde hoy orientemos esas transformaciones.

Es imprescindible comprometerse a emprender un esfuerzo destinado a convencer a la sociedad de que la educación encierra valores propios y que no es solo la clave de valores económicos. Deberíamos empeñarnos en fomentar en el seno de nuestras propias sociedades el desarrollo de un clima cultural, hoy inexistente, que nos permita contar con una universidad que merezca el nombre de tal.

Si conseguimos volver a la idea de que la educación pertenece a la esfera del ser y no a la del tener, que ese ser se aloja en la conciencia de quienes asumen la responsabilidad de ser maestros y no en los circuitos de las máquinas, podremos intentar revertir la tendencia actual que busca convertir a la educación superior en un sector más del floreciente mercado de bienes y servicios.

Por eso considero que el futuro de la educación pasa por el mismo meridiano donde siempre se ubicó, por el que incluye a las personas, las que están apasionadas por conocer y, además, tan interesadas por los otros como para compartir con ellos su conocimiento. Allí es donde reside la única posibilidad de salvación: en el ejemplo, en encarar el esfuerzo de transmitir a las nuevas generaciones la rica herencia cultural a la que las nuevas generaciones tienen derecho por la sola razón de ser humanos.

Días atrás, con motivo de los homenajes de que está siendo objeto a propósito de su octogésimo aniversario, Carlos Fuentes decía que, en realidad, las generaciones mayores tenemos la obligación de llevar a los jóvenes las novedades del pasado. Una bella frase que concreta el proyecto humano de la transmisión.

Estamos aquí porque antes que nosotros otros pensaron y tuvieron tanto interés en nosotros como para transmitirnos estas ideas centrales que nos han permitido seguir adelante con nuestras vidas. El mundo no comienza con cada generación, es un fluir continuo y si no advertimos que provenimos de un pasado, difícilmente podamos crear un futuro significativo.

Si no nos damos cuenta de que hoy somos pasado de un futuro que vendrá, poco de significativo podremos hacer. Cumplir con esta tarea de transmisión es nuestra
obligación y para eso debemos huir de la fascinación contemporánea por la tecnología que nos promete resolverlo todo. No es así, estamos en presencia de herramientas utilísimas, deslumbrantes y maravillosas para quien está preparado a usarlas pero para quien no lo está, vacíos de todo contenido, son simples juguetes de estos tiempos. Lo importante del ser humano sigue siendo su contenido, lo que llevamos dentro, lo que hemos logrado construir cada uno de nosotros en nuestro interior con nuestro esfuerzo y con ayuda, con la guía interesada de nuestros padres, con el apoyo de nuestros maestros, con su dedicación, su atención y su afecto. Esas condiciones personales siguen siendo esenciales.

Estamos perdiendo la capacidad de comunicarnos, de hablar, con quienes están a nuestro lado. Pagaremos un alto precio en el futuro por esa pérdida de la capacidad de interrelación personal, del contacto con nuestros semejantes. Lo que nos define como especie es precisamente nuestra capacidad de conocer y de comunicar a los demás eso que conocemos, lo que somos, habilidades que estamos perdiendo aceleradamente.

Tenemos que hacer entre todos un esfuerzo para reconquistarlas, los médicos tenemos, además, la responsabilidad de entrar a las nuevas épocas con los ojos bien abiertos a lo que nos rodea, a una realidad distorsionada por el entretenimiento y la banalización permanentes, al escándalo de la injusticia y del hambre. Por nuestra formación y por el contacto permanente que tenemos con el otro que llega a nosotros sufriendo y que nos confía lo único valioso que tiene que es su vida.

¿Cómo será la educación médica del futuro? Primera Parte



Por ser un artículo de gran interés en el área de la educación médica, me permito transcribir a continuación el texto completo de la conferencia ¿Cómo será la educación médica del futuro? del profesor Guillermo Jaim Etcheverry, médico PhD en Ciencias Básicas y académico argentino de gran trayectoria internacional, pronunciada en las jornadas INTRAMED 2008 en relación con la realidad actual y el futuro de la educación médica en el mundo.

Cuando se analiza el problema que plantea la educación médica, resulta habitual enunciar una serie de buenas ideas y mejores propósitos. La experiencia obtenida a partir de un contacto más estrecho con la formación universitaria, me ha llevado a pensar que este problema no es sino un reflejo de la situación del conjunto del sistema educativo.

Las tendencias que en él se observan influencian decisivamente mucho de lo que sucede en nuestras universidades en general y en nuestras facultades de medicina en particular. De allí que en esta ocasión haya decidido formular unos pocos comentarios relacionados con ese marco más amplio en lugar de desarrollar temas específicos.

Plantearé algunas ideas intencionadamente polémicas porque pretendo estimular la imprescindible reflexión sobre algunas de estas cuestiones. Estoy seguro de que la posición correcta seguramente se encuentra en algún punto intermedio entre las tendencias que hoy gozan de mucha popularidad y la visión que me propongo exponer. Lo hago, precisamente, como una contribución a la búsqueda de esa zona gris porque advierto el peligro al que nos puede llevar la adhesión acrítica, sin ninguna resistencia, a muchas de las tendencias educativas contemporáneas.

El cambio permanente

Entre los signos distintivos de la sociedad actual se pueden identificar la fascinación por la velocidad, el prestigio de lo nuevo, la obsesión que nos persigue por el cambio permanente. A esas tendencias no escapa la educación. Esta es la razón por la que las estructuras educativas, en todos sus niveles, están sometidas a constantes mutaciones.

Cuando se escucha el discurso de los reformadores de la educación, es preciso concluir que todo lo que se hizo hasta ahora tuvo resultados desastrosos. Gracias a la denigrada “pedagogía tradicional”, parecieran haberse formado una suerte de individuos estúpidos, memorizadores de informaciones inútiles, simples repetidores obsesionados por las evaluaciones, desmotivados por continuar aprendiendo durante el resto de sus vidas, dotados de un pensamiento infantil, incapacitados para trabajar junto con otros, bloqueados en toda discusión.

En suma, unos pobres y despreciables ignorantes, desprovistos de juicio crítico y carentes de personalidad. Como el resultado de esos métodos perversos somos nosotros mismos, hay que advertir que es a nosotros a quienes describimos cuando criticamos a los que hoy denominamos despectivamente “métodos tradicionales de aprendizaje”.

Los caracterizamos recurriendo al peor de los calificativos, porque para la sociedad actual no hay nada más degradante que considerar que algo es “tradicional”. En el contexto de una cultura que se horroriza ante el esfuerzo, que
concibe a los estudiantes como indefensas víctimas explotadas por un sistema despiadado, que ha decidido que el conocimiento de lo concreto ya no importa porque los datos están en las redes de información – antes estaban en los libros pero a nadie se le ocurría afirmar que había que ignorarlos – ha aparecido una pedagogía acorde con esas aspiraciones.

Es la que nos promete un estudiante activo, motivado, interesado por aprender durante toda la vida, dotado de pensamiento adulto, capacitado para trabajar con los demás. Muy diferente, en fin, de esto despreciable que somos nosotros mismos.

Una pedagogía desvelada por la relevancia y por eso centrada en lo “útil”, como si resultara posible anticipar qué y cuándo algún conocimiento nos será útil. Una pedagogía promotora del “estudiante entretenido” y activo, distante de quienes hoy se “aburren” ante la propuesta de estudiar algo en profundidad y con seriedad.

Una pedagogía estimulante de la discusión, aunque la sustancia del debate no refleje más que la ignorancia acerca de los aspectos más elementales de lo que se discute. Se reconocen entre estas muchas de las ideas que subyacen en no pocos intentos de renovación de la enseñanza en nuestras escuelas de medicina. Para peor, en muchos casos, a menudo ni siquiera contemplan la necesidad de disponer de los recursos materiales y de las personas que permitan encararlos con un mínimo de seriedad.

Desconocemos una realidad que nos señala, implacable, que no contamos ni con los alumnos ni con los docentes capacitados para desarrollar programas cuyos beneficios, además, están aún lejos de ser demostrados. Como todos nosotros conservamos el recuerdo del esfuerzo que nos demandó educarnos y, además, vivimos en una sociedad que mira con espanto toda apelación a ese esfuerzo, pensamos que lo podremos hacer más sencillo, más rápido, más “relevante”.

Olvidamos muchas veces que los estudiantes tienen derecho a comprender la complejidad, a enfrentarse con la dificultad, a ejercitarse en la abstracción. Por eso, sería muy saludable que sometiéramos a la crítica las teorías que sustentan los experimentos que hoy llevamos a cabo con nuestros indefensos alumnos.

Debemos advertir algo evidente en todos los niveles de la educación: los maestros están negando precipitadamente la función de enseñar que hoy parece haberse convertido en vergonzante. En una encuesta realizada hace pocos años entre docentes del ciclo primario y medio en la Argentina, el 73 % se considera “facilitador del aprendizaje”, mientras que solo el 13 % se concibe como “transmisor de cultura y conocimiento”.

El 61 % considera como su misión más importante “desarrollar la creatividad y el espíritu crítico”, mientras que solo el 28 % estima que de ellos se espera la transmisión de conocimientos actualizados y relevantes. El 13 % considera a esta, la transmisión de conocimientos actualizados y relevantes, su función MENOS importante.

Estamos así ante el milagro del desarrollo de la creatividad pura, en un vacío de conocimientos. ¿Serán tan creativos los adolescentes que, en número creciente egresan de nuestras escuelas, sin poder pronunciar frases dotadas de sentido, sin comprender lo que leen – según el estudio PISA 2006 el 58 % de los jóvenes argentinos de 14 años que están cursando la educación media carecen de la capacidad de comprender lo que leen – carentes de la capacidad de realizar simples abstracciones, todo ello como resultado del hecho de que a nadie le interesó enseñarles algo?

Existe un horror contemporáneo a asumir la responsabilidad de enseñar, porque esa actitud implica una asimetría en la relación docente-alumno que resulta políticamente incorrecta. ¡Hasta se ha llegado a debatir si quienes dirigen los “grupos de discusión” deben o no conocer los contenidos del curso. No es extraño, pues, que ante estas posiciones estén surgiendo en todo el mundo movimientos que se proponen, “volver a enseñar”.

Están convencidos que “prender a aprender”, como está de moda preconizar hoy, se aprende aprendiendo algo. Quiero proponer la tesis de que nos resistimos a admitir que la enseñanza es, ante todo, ejemplo. Ejemplo del maestro atraído por el conocimiento. Esforzado ejemplo a imitar con esfuerzo. Como lo afirmara Albert
Einstein, “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única.”

Estoy convencido de que el principal determinante de una buena escuela, de una buena universidad sigue siendo, como siempre lo ha sido, contar con buenos profesores. Eso trasciende el curriculum, la organización, el método, las computadoras, los proyectores, todo. Porque el objetivo central de una institución educativa que pretende ser importante es que sus alumnos entren en contacto directo con personas excepcionales.

Que las vean, las escuchen, las sientan pensar. Una vez que esos jóvenes han sido poseídos por el virus de lo absoluto, una vez que han visto, oído, hasta olido la fiebre y el fervor de aquellos que buscan desinteresadamente la verdad y, en nuestro caso ayudar compasivamente al otro que sufre – que es lo que siempre hemos intentado hacer – persistirá en ellos algo de esos resplandores singulares.

Por el resto de sus vidas o de sus carreras, en la mayor parte de los casos rutinarias y poco distinguidas, esas personas llevarán dentro de si alguna defensa contra el vacío interior. Muchas estrategias de modernización nos pueden conducir al descenso en la calidad de la enseñanza, superficializándola y acentuando su banalidad.

Lo que es peor, la tecnocracia educativa conduce al desprestigio de la figura del docente, que es quien representa el valor social del conocimiento. Al desvalorizar la persona del docente, mostramos a las jóvenes generaciones que lo que ellos hacen no nos interesa.

Un profesor de la Universidad de Mc Master en Canadá, decía no hace mucho: “Pienso que, particularmente desde los años 80, la palabra maestro se usa cada vez menos debido a lo que creo es un concepto equivocado de promoción de la persona como entidad individual y no dependiente de sus modelos”.

Citaba luego a uno de sus alumnos que señalaba: “En las universidades hay muchos profesores, pero pocos maestros”. Es tristemente cierto. Lo que esos maestros enseñan, a quienes enseñan y el dónde y el cómo enseñan, continuarán cambiando. Pero lo que no debería cambiar es lo que significa para la sociedad la esencia de esa enseñanza: el ejemplo del maestro.

En el contexto de una práctica de la medicina como la actual, guiada crecientemente por consideraciones económicas, es más importante que nunca educar además de entrenar, al futuro médico, para que al menos conserve el núcleo de convicciones que han distinguido a nuestra profesión, hoy tan gravemente amenazada.

Convicciones que nos han llegado prácticamente intactas desde la época de Hipócrates, como se advierte en el Juramento Hipocrático, uno de los más bellos documentos que ha producido la ética humana. Esa línea sigue inmutable, porque hoy los médicos seguimos haciendo lo mismo. Aunque utilicemos técnicas muy distintas a las de entonces, no debemos perder de vista la esencia de nuestra misión. Una misión humana por excelencia, transmitida por humanos que saben y que saben hacer, una misión intraducible a los criterios de eficiencia de las empresas.